LA NUEVA ESPAÑA: La Noche Celta

La Nueva España, 22-12-95
Javier Blanco

LA NOCHE CELTA

El disco hace sentir que, en ocasiones, sin viajar, se puede encontrar buena música. Sin salir de casa, sin despeinarse, de golpe, aparece alguien con ideas, con logros sonoros multinacionales. Puestos a escuchar “La Noche Celta” sin créditos delante, sin pistas de su procedencia, cualquiera pueda caer en la creencia de que se trata de uno de esos discos magníficos escrito e interpretado por uno de esos músicos de renombre. También puede ocurrir que se encuadre dentro de las grandes obras de la música new age o, quizá, recuerde a algún autor de los setenta, de aquellos que llevaban la etiqueta del rock sinfónico, pero que ellos mismos negaban. ¿O posiblemente suene a otro tipo de sinfonismo? ¿Puede que se trate de una obra folk con innovadoras aplicaciones en instrumentos y melodía? Esas preguntas y reflexiones pueden acudir al oyente en cualquiera de los fragmentos que componen “La Noche Celta”.
Lo primero tiene fácil solución. El autor no tiene renombre, no viene de Canadá, Irlanda, Suiza o Portugal. Viene de Cangas de Onís. Tampoco tiene una discografía tras de sí que le respalde y no se llama Paul, ni Lorena, ni Enya, ni Philip… Se llama Ramón Prada. Lo segundo -etiquetar la música- es más difícil de resolver. Pero quizá la mejor fórmula de alcanzar el consenso sea la que propio autor ofrece: un disco con una parte sinfónica y otra folk, aunque esta última tendencia tiene muchos matices que le otorgan la categoría de original.
El primer fragmento, “El Principio”, tiene mucho de sinfónico; curiosamente, realza ese ambiente la gaita de Alberto Varillas. Sigue gratamente con melodías sensibles -la sensibilidad y delicadeza musical están presentes constantemente-, “La danza de los castaños”, y “El castro” ya hace alguna concesión folk, aunque se mantiene la melodía sinfónica -llamémosla así para entender la altura de esta obra. “Virio” ya es folk, aunque se combinan intrumentos de este género (parte de “Llan de Cubel”) con el bajo eléctrico de Carlos Redondo y la guitarra de Pedro Bastarrica. En “Escorcia”, el corno inglés de José Ferrer y el fagot de Nacho Herrero, sumados a los sintetizadores de Prada y las panderetas de Fernando Arias, se respira elegancia. Como si este fragmento estuviera vestido de esmoquin. La combinación de músicas e instrumentos alcanza la gloria (aunque la gloria es el disco completo) en la “Danza del Navia”. Y las emociones recorren los oídos y otras partes sensibles a la buena música en “La fiesta del fuego”. Se trata de una orgía de percusiones -cuerno, panderos cuadrados, gong…-que serían fichadas por Pink Floid para la introducción de cualquiera de sus temas.
Y para que no decaiga la noche, “El final de la noche” -pieza que cierra la obra- es una fiesta de finura y calidad musical. Es el fragmento más largo y viaja por los sones calmados que producen instrumentos de todo tipo (flauta, cello, timbales…), realzados por el tarareo de una dulce voz que remata el trabajo sensacionalmente.
“La Noche Celta” se compuso hace cuatro años. Ramón Prada la creó al piano. Posteriormente, surgió la idea de editarla como complemento a la novela del mismo nombre del también cangués Juan Noriega. El autor literario explicó días atrás que Ramón Prada había logrado sonorizar su novela porque, tras leerla, la música le surgió del corazón. Es cierto. Pero hay que añadir que, además, estas melodías son tan magistrales sólo pueden naacer de la capacidad creativa.

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