La inspiración del silencio [El Comercio]

LA INSPIRACIÓN DEL SILENCIO / Alberto Piquero [El Comercio]
En el estudio del creador de ‘Keltikhé’, todo rezuma música, con partituras sobre las mesas, en el ordenador o en los anaqueles de libros, presididos por un pequeño busto de Bach.

A las cuatro de la tarde de un miércoles cualquiera, en este invierno de nieves y dudosos bienes, la urbanización de Soto de Llanera -a unos diez kilómetros de Oviedo y quince hasta Gijón- está gobernada por un silencio que sólo quiebra una motocicleta fugaz y algún ladrido de perros guardianes. Las nubes pasan lentas y bajas, amagando una incipiente llovizna. Setos tupidos esconden muchos de los adosados que se alinean allí. Hay automóviles deportivos aparcados y en las altas ramas de los álamos, gorgean pájaros alrededor de sus nidos. A lo lejos, la mansedumbre de tres o cuatro reses vacunas. Un mundo en calma. Ese es el lugar que ha elegido Ramón Prada (nacido en Cangas de Onís, en un calendario que acostumbra a omitir porque cada cual es muy dueño de guardar sus secretos) para convertir el silencio en música: «El silencio es el punto de partida, condición sin la cual es muy difícil urdir partituras. Del mismo modo que el pintor requiere del lienzo en blanco, el músico necesita el silencio. Al menos, para plasmar las ideas, porque las propias ideas pueden surgir en cualquier lugar y momento». El autor de ‘La noche celta’ (al abrigo de la novela de idéntico título de Juan Noriega) o de la celebrada ‘Keltikhé. Cantata para Celtas y Orquesta’, así como de bandas sonoras cinematográficas (‘Cenizas del cielo’) o colaborador en la discografía de Víctor Manuel (‘El perro del garaje’), incluso pone en duda la existencia del «silencio absoluto». Siempre hay perturbaciones. Por lo que ahora explora nuevos territorios, «en los que me interesa utilizar el ruido para transformarlo». Sutilezas del arte. En su estudio, todo rezuma música, sin exceptuar los amplios ventanales por los que penetra una luz cálida, donde ha rotulado nombres de los grandes compositores que le han servido de faro, desde la Edad Media hasta nuestros días, entre los cuales Bach ocupa tipografía preferente. «Habría que dedicar una vida completa a Bach, sólo para escucharlo», asegura sencillamente, en el tono cordial y suave que envuelve cada una de sus opiniones. Por uno de los anaqueles de sus bibliotecas, encontramos el ‘Graduale. De tempore et de sanctis’ o el ‘Misal Romano Cotidiano’, latines armónicos y manantiales duraderos que le devuelven al tiempo infantil en el que depositó por primera vez sus manos sobre el teclado del órgano de la iglesia de Cangas de Onís, al lado de su padre, Ramón Aniceto Prada, maestro, músico vocacional y director de coros. Allí empezó esta historia. Después, vino el Conservatorio de Oviedo, el aprendizaje metódico de «una disciplina que exige mucho esfuerzo». Si bien lamenta que en ocasiones ese arduo trabajo sólo provea «interpretaciones mecánicas, gimnasia de habilidades». De manera que entendiendo como indispensable la formación, aboga asimismo por la ruptura con el exceso de rigidez. Una vez finalizados sus estudios de piano, órgano, armonía, contrapunto, fuga y composición, en Oviedo, sería Madrid el siguiente destino. En particular, las enseñanzas recibidas de Antón García Abril, de quien dice que «sabía lo que hacía y lo que querías hacer. Tenía muchísimo oficio, respetaba tu estilo y tu obra, y no pretendía que te acomodaras a la suya». Hubo sintonía artística y personal. Al cabo, Ramón Prada fue componiendo piezas de formato inaugural, hasta que la lectura de ‘La noche celta’, de Juan Noriega, despertó o incrementó pautas mayores: «Inicialmente, la pensé como una obra sinfónica, pero tiendo a ser realista y rebajé ese impulso. Así que cuando dos o tres años más tarde, se produjo la oportunidad de que la OSPA la estrenara en el Festival de Lorient en versión sinfónica, era volver a la idea original. Las emociones al escucharla fueron muchas, las de separarte de todo y sentir lo que tenías en la cabeza sonando». El perfil musical de Ramón Prada quedaba certificado, vinculado a la fusión de la tradición culta y la popular o folclórica. Su juicio es claro: «Aunque en ‘La noche celta’ existe una buena parte de folclore inventado, siempre he tenido presente la romería, las gaitas, junto a los conocimientos académicos. Me gusta la música, ese es el resumen. Y pienso que muchos artistas clásicos se autolimitan la apertura de orejas». ‘Keltikhé’, estrenada el 29 de julio de 2005 en el Jardín Botánico de Gijón, fue con su ambicioso proyecto, «coros tradicionales, bailes, instrumentos de los sitios más variados y gran orquestación sinfónica», un éxito memorable. Al punto que su creador, hoy asume que con la Cantata para Celtas y Orquesta, «llegué a un tope, dentro de ese estilo. No me veo con ganas de hacer más en esa línea. Es una llegada a la que no le veo retorno». Son otras expectativas las que pican a la puerta, que en el caso de un compositor germinan en soledad. «¿Cómo asimila la soledad del creador?». «La asimilio bien, porque no hay otra forma de asimilarla. La concepción de las obras brota con fluidez. La idea emerge fácilmente en la cabeza. Lo que se hace más lento, solitario y tedioso, es transportarla al papel. Además, entre la idea y la partitura, se pierden cosas por el camino. El lenguaje musical no es lo suficientemente perfecto para explicarlo todo en una partitura, por lo que últimamente procuro agregar paréntesis al margen, al modo teatral, que permitan comprender a los músicos las intenciones de fondo». De momento, Ramón Prada continúa componiendo a la búsqueda de percepciones inéditas, obras de cámara o personales, como la de piano y viola entretejida con imágenes sincronizadas, que llamó ‘Proyecto Mums’, fusionando en este ejemplo la música clásica, la tradición etnográfica y la electrónica, combinando la experimentación sonora y la visual. O proponiendo música en directo, como la que acompañará a la compañía teatral ‘El callejón del gato’ en la próxima obra que estrenarán dentro de unos días en el Teatro Palacio Valdés, de Avilés. En un cajón, guarda el libreto de una ópera, escrito por Pedro de Silva, sobre el rey asturiano Mauregato, un monarca que quiso gobernar mediante el valor de la palabra y no de las armas. «Un tema muy actual», apunta Ramón Prada. Tal vez, un tema eterno. Cuando nos alejamos de Soto de Llanera, el silencio sigue siendo el rey. Ese silencio que no puede pintarse, ni reflejarse en palabras, sólo a través de la música.

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