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en la prensa…

La revista cultural ‘Campo de los Patos’ sale a la calle y dedica sus dos primeros volúmenes -publicados juntos- a la cultura germánica.
Ramón Prada publica un ensayo sobre la música alemana titulado ‘Eine deutsche Musik’ [una música alemana].
La revista, de publicación anual y en asturiano, está dirigida por Antón García y pretende abrir al mundo el estado de la cultura asturiana.

 

 

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LA INSPIRACIÓN DEL SILENCIO / Alberto Piquero [El Comercio]
En el estudio del creador de ‘Keltikhé’, todo rezuma música, con partituras sobre las mesas, en el ordenador o en los anaqueles de libros, presididos por un pequeño busto de Bach.

A las cuatro de la tarde de un miércoles cualquiera, en este invierno de nieves y dudosos bienes, la urbanización de Soto de Llanera -a unos diez kilómetros de Oviedo y quince hasta Gijón- está gobernada por un silencio que sólo quiebra una motocicleta fugaz y algún ladrido de perros guardianes. Las nubes pasan lentas y bajas, amagando una incipiente llovizna. Setos tupidos esconden muchos de los adosados que se alinean allí. Hay automóviles deportivos aparcados y en las altas ramas de los álamos, gorgean pájaros alrededor de sus nidos. A lo lejos, la mansedumbre de tres o cuatro reses vacunas. Un mundo en calma. Ese es el lugar que ha elegido Ramón Prada (nacido en Cangas de Onís, en un calendario que acostumbra a omitir porque cada cual es muy dueño de guardar sus secretos) para convertir el silencio en música: «El silencio es el punto de partida, condición sin la cual es muy difícil urdir partituras. Del mismo modo que el pintor requiere del lienzo en blanco, el músico necesita el silencio. Al menos, para plasmar las ideas, porque las propias ideas pueden surgir en cualquier lugar y momento». El autor de ‘La noche celta’ (al abrigo de la novela de idéntico título de Juan Noriega) o de la celebrada ‘Keltikhé. Cantata para Celtas y Orquesta’, así como de bandas sonoras cinematográficas (‘Cenizas del cielo’) o colaborador en la discografía de Víctor Manuel (‘El perro del garaje’), incluso pone en duda la existencia del «silencio absoluto». Siempre hay perturbaciones. Por lo que ahora explora nuevos territorios, «en los que me interesa utilizar el ruido para transformarlo». Sutilezas del arte. En su estudio, todo rezuma música, sin exceptuar los amplios ventanales por los que penetra una luz cálida, donde ha rotulado nombres de los grandes compositores que le han servido de faro, desde la Edad Media hasta nuestros días, entre los cuales Bach ocupa tipografía preferente. «Habría que dedicar una vida completa a Bach, sólo para escucharlo», asegura sencillamente, en el tono cordial y suave que envuelve cada una de sus opiniones. Por uno de los anaqueles de sus bibliotecas, encontramos el ‘Graduale. De tempore et de sanctis’ o el ‘Misal Romano Cotidiano’, latines armónicos y manantiales duraderos que le devuelven al tiempo infantil en el que depositó por primera vez sus manos sobre el teclado del órgano de la iglesia de Cangas de Onís, al lado de su padre, Ramón Aniceto Prada, maestro, músico vocacional y director de coros. Allí empezó esta historia. Después, vino el Conservatorio de Oviedo, el aprendizaje metódico de «una disciplina que exige mucho esfuerzo». Si bien lamenta que en ocasiones ese arduo trabajo sólo provea «interpretaciones mecánicas, gimnasia de habilidades». De manera que entendiendo como indispensable la formación, aboga asimismo por la ruptura con el exceso de rigidez. Una vez finalizados sus estudios de piano, órgano, armonía, contrapunto, fuga y composición, en Oviedo, sería Madrid el siguiente destino. En particular, las enseñanzas recibidas de Antón García Abril, de quien dice que «sabía lo que hacía y lo que querías hacer. Tenía muchísimo oficio, respetaba tu estilo y tu obra, y no pretendía que te acomodaras a la suya». Hubo sintonía artística y personal. Al cabo, Ramón Prada fue componiendo piezas de formato inaugural, hasta que la lectura de ‘La noche celta’, de Juan Noriega, despertó o incrementó pautas mayores: «Inicialmente, la pensé como una obra sinfónica, pero tiendo a ser realista y rebajé ese impulso. Así que cuando dos o tres años más tarde, se produjo la oportunidad de que la OSPA la estrenara en el Festival de Lorient en versión sinfónica, era volver a la idea original. Las emociones al escucharla fueron muchas, las de separarte de todo y sentir lo que tenías en la cabeza sonando». El perfil musical de Ramón Prada quedaba certificado, vinculado a la fusión de la tradición culta y la popular o folclórica. Su juicio es claro: «Aunque en ‘La noche celta’ existe una buena parte de folclore inventado, siempre he tenido presente la romería, las gaitas, junto a los conocimientos académicos. Me gusta la música, ese es el resumen. Y pienso que muchos artistas clásicos se autolimitan la apertura de orejas». ‘Keltikhé’, estrenada el 29 de julio de 2005 en el Jardín Botánico de Gijón, fue con su ambicioso proyecto, «coros tradicionales, bailes, instrumentos de los sitios más variados y gran orquestación sinfónica», un éxito memorable. Al punto que su creador, hoy asume que con la Cantata para Celtas y Orquesta, «llegué a un tope, dentro de ese estilo. No me veo con ganas de hacer más en esa línea. Es una llegada a la que no le veo retorno». Son otras expectativas las que pican a la puerta, que en el caso de un compositor germinan en soledad. «¿Cómo asimila la soledad del creador?». «La asimilio bien, porque no hay otra forma de asimilarla. La concepción de las obras brota con fluidez. La idea emerge fácilmente en la cabeza. Lo que se hace más lento, solitario y tedioso, es transportarla al papel. Además, entre la idea y la partitura, se pierden cosas por el camino. El lenguaje musical no es lo suficientemente perfecto para explicarlo todo en una partitura, por lo que últimamente procuro agregar paréntesis al margen, al modo teatral, que permitan comprender a los músicos las intenciones de fondo». De momento, Ramón Prada continúa componiendo a la búsqueda de percepciones inéditas, obras de cámara o personales, como la de piano y viola entretejida con imágenes sincronizadas, que llamó ‘Proyecto Mums’, fusionando en este ejemplo la música clásica, la tradición etnográfica y la electrónica, combinando la experimentación sonora y la visual. O proponiendo música en directo, como la que acompañará a la compañía teatral ‘El callejón del gato’ en la próxima obra que estrenarán dentro de unos días en el Teatro Palacio Valdés, de Avilés. En un cajón, guarda el libreto de una ópera, escrito por Pedro de Silva, sobre el rey asturiano Mauregato, un monarca que quiso gobernar mediante el valor de la palabra y no de las armas. «Un tema muy actual», apunta Ramón Prada. Tal vez, un tema eterno. Cuando nos alejamos de Soto de Llanera, el silencio sigue siendo el rey. Ese silencio que no puede pintarse, ni reflejarse en palabras, sólo a través de la música.

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Ramón Prada recibió ayer el AMAS a la mejor Banda Sonora de Cine Asturiano, en una gala celebrada en el Teatro Filarmónica de Oviedo y en la que se premian los mejores trabajos del panorama musical asturiano. El premio, entregado por José Luis Cienfuegos, director del Festival Internacional de Cine de Gijón, fue concedido por su composición original para la película Cenizas del Cielo, de José Antonio Quirós.

Para celebrar el premio, una nueva escucha de la Banda Sonora de Cenizas del Cielo. Se trata de la canción que abre la pélicula, con música de Ramón Prada y letra de Xuan Bello (versioneada y traducida al inglés por Michael Lee Wolfe).

The Cares of the trees

Lee Wolfe: guitarras, voz
Daniel Casillas: contrabajo
Ramón Prada: batería

Muchas gracias a todos los que votaron…

En la prensa: La Nueva EspañaLa Voz de AsturiasEl Comercio

La Voz de Asturias. 22/10/2007
Javier G. Caso

Cangas de Onís se rindió a Nuberu

El concierto que se celebró la noche del sábado en la capital canguesa tuvo como invitado especial a Víctor Manue

Entre gritos de “otra, otra, otra” acabó pasadas las dos y media de la madrugada del sábado al domingo en Cangas de Onís el concierto tributo a Nuberu dentro de la IV Xareu d´Ochobre. Fue un recital de los que no se olvidan. Los artistas invitados, que ofrecieron varias versiones de las canciones de Chus Pedro y Manolo, y un público que iba de la mano de los músicos, pusieron el calor a una noche fría como pocos, lo que no impidió que los asistentes aguantaran hasta el final para cantar todos juntos Aida la Fuente, el tema que puso punto final al concierto.
Sobre el escenario instalado en la plaza del ayuntamiento de Cangas de Onís actuaron artistas como el grupo cangués Mala Reputación, los riosellanos Corquieu, Vaudí, Carlos Martagón, Merienda de Negros, cuyos músicos estuvieron acompañados por Tomás, de los Demás, Ramón Prada Trío, El Che de Cabaños, Tejedor, la banda de gaitas de Oviedo y, como no Nuberu.
Cada actuación contribuyó a caldear el ambiente. Y fueron varios los momentos en los que Chus Pedro se subió al escenario a cantar a dúo con alguno de los artistas invitados. Ese fue el caso por ejemplo del ya astur-brasileño Vaudí, quien se atrevió a cantar un tema de Nuberu a ritmo de Bossa Nova. Pero hubo más momentos como ese.
Uno de los momentos más emocionantes, y esperados, del concierto se vivió durante la actuación de Ramón Prada Trío, formación en la que el músico cangués toca el bajo, y en el que Prada está acompañado por Nacho Felipe a la guitarra y Fernando Arias a la batería. Los tres contaron con un colaborador de lujo. Nada más y nada menos que Víctor Manuel, quien tras muchos años de intensa relación con Chus Pedro y Manolo, no quiso perderse el homenaje a Nuberu en Cangas de Onís, quizás el sitio de Asturias en el que más veces actuó el dúo, tal y como se recordó a lo largo del recital. Antes de recibir a Víctor Manuel en el escenario, Ramón Prada Trío, un grupo que tocaba en casa y que dejó a la parroquia canguesa con la sensación de haber querido disfrutarlo más tiempo ya que sólo tocaron tres temas, ofreció una preciosa versión del Solo pienso en ti del cantante mierense, quien acabó su actuación a dúo con Chus Pedro.
Los hermanos Eva, Javier y José Manuel Tejedor fueron los últimos en actuar antes que Nuberu y en su repertorio tampoco faltaron versiones de algunos temas de los dos homenajeados. La actuación de Nuberu arrancó con una palabras previas de su vocalistas, en las que Chus Pedro dio las gracias a todos los organizadores del concierto, incluido dentro del IV Xareu D´Ochobre que organiza el empresario cangués Adolfo Nava y que tuvo como director artístico al riosellano Cristian Carrio.
Chus Pedro se confesó aquejado por una fuerte gripe, aunque como el mismo confesó sobre el escenario “hoy canto por cojones”. Y Nuberu arrancó su actuación entre palmas, gritos de apoyo y algún que otro mechero encendido. Chus Pedro y Manolo repasaron lo mejor de una discografía que arrancó allá por 1978 con aquel disco titulado Asturies, ayeri y güei, del que no faltaron temas como la mula torda o Aida la Fuente. Este fue un tema que les fue solicitado varias veces a lo largo de su actuación. “Vosotros sabréis, queremos dejala para el final, y si cantamos antes, acabamos antes”, comentó Chus Pedro mientras daba a elegir al público entre seguir el concierto o acabarlo antes de tiempo si a la mitad cantaba Aida la Fuente. Y el público pidió más.
Y no faltaron en Cangas de Onís muchos de los temas más conocidos de Nuberu como Dios te libre de Castiella, el So vaqueiru, con el que Chus Pedro y Manolo pusieron a bailar a la toda la plaza, así como otros como el más suave Agua de la fonte clara, la Cabraliega o en el pozu Maria Luisa, acompañado a coro por todo el público de Cangas de Onís, una localidad que en la madrugada de este domingo se rindió a Nuberu.

La Voz de Asturias. 21/10/2006
Boni Ortiz

¡Que viene el lobo!

Lobezno, como su propio nombre indica, es un pequeño lobo que vive con sus padres en el zoo. Su vida trascurre apaciblemente, rodeado de otros animales que en nos invita a conocer: la familia de osos, de jirafas, cebras, hipopótamos… A Lobezno, como a todo bicho viviente, lo de ser pequeño se le va curando con el tiempo y, de manera inevitable empieza a ensayar comportamientos de mayor. Para los aullidos, como carece de todo instinto asesino, nuestro héroe se imagina que le cae encima del pie una piedra de trescientos mil millones de toneladas y con esa carga, con esa motivación interior, con esa introspección emotiva, con esa búsqueda interna del terrible dolor imaginado, logra expresar -como haría un alumno aventajado del Actors Studio- un aullido: “¡Auiiiii”!, seguro que para él terrible, pero que deja bastante que desear en lo que a salvajismo se refiere.
Por las noches se entusiasma con la luna: la mira, le aúlla, le canta, la desea, y en sus sueños felices cree tocarla, comerla por que es de nata o merengue. Incluso en sus pesadillas aparece, siendo de coliflor. Quiere crecer, ser libre, ver mundo y convertirse en un verdadero Lobo Feroz. Una noche se lo hace saber a sus padres que, al fin y al cabo, forman parte de sí mismo y se las pira del “zoo-ilógico”.
A partir de ese momento se inicia un viaje magnífico que Kamante Teatro nos cuenta con su proverbial delicadeza. Un viaje lleno de aventuras y de historias que nos suenan, si no fuera por su revisión actualizada, fresca y gamberra que el público menudo y grande, comprende y agradece con sus risas. El extraordinario trabajo de Luisa Aguilar, no solo interpretando, también manipulando objetos; títeres de diversos tamaños -construidos con objetos cotidianos-; construyendo y “deconstruyendo” escenarios… Llevando en fin, todo el peso de una función repleta de recursos y de hallazgos singulares por su eficacia, su plasticidad y su sencillez. La voz amplificada de la actriz, nos permite no perder ni una coma del magnífico texto, que a lo largo de toda la función, está acompañado por una música estupenda de Ramón Prada divertida y sugerente.
Esta función, dirigida por Luis Vigil, dará que hablar. Sino al tiempo.